JOSEPH VORIN (Alemania 1851, Cercanías de Fráncfort del Óder)

25.07.2015 20:50

Alemania, 1851 

Cercanías de Fráncfort del Óder (Brandeburgo) 

«¿En qué año estamos...? ¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí...?» Éstas eran las preguntas que parecía hacerse el hombre mientras daba tumbos, intentando caminar por las adoquinadas calles del pueblo. Era de noche y hacía niebla; la proximidad del río Óder proveía de un denso manto blanco a toda la zona. Sentía frío, mucho frío. El humo que salía de numerosas chimeneas le indicaba cómo luchaba la gente contra el gélido clima. Se notaba mareado, confuso, lo que hacía que tropezara a menudo con los adoquines. Silencio, sólo interrumpido por los aullidos de los lobos. El bosque estaba muy próximo. Oscuridad y niebla lo invadían todo. El hombre se apretaba el cuerpo con los brazos y se frotaba las manos llevándoselas a la boca en busca de aliento cálido, en un intento por calmar esa horrible sensación térmica. No iba preparado para aquellas temperaturas. Buscaba con ahínco algún sitio donde protegerse y, sobre todo, pensar. Necesitaba reflexionar. Mientras buscaba una cuadra dónde poder pasar la noche a resguardo, alguna que otra puerta se abría a su paso, más por curiosidad y extrañeza que para darle cobijo y alimento. Alemania, dividida en múltiples estados, vivía tiempos convulsos. 

La idea de la «unidad alemana» era sólo el deseo de unos pocos, entre ellos los empresarios alemanes que suspiraban por una unión bajo la dirección de Prusia con la que esperaban convertir a su país en la nación más próspera de Europa. Pero esa unión no se produciría hasta dos décadas más tarde con el canciller Otto von Bismarck y el káiser Guillermo I. En ese periodo la supremacía del imperio austríaco como potencia era notoria, pues llegó incluso a presidir una unión de estados alemanes, la Confederación Germánica. Se vivía una época en la que la desconfianza y los aires de guerra lo impregnaban todo, por lo que los habitantes de las aldeas eran muy recelosos y se cuidaban mucho de ser hospitalarios con extraños, y más aún con aquéllos que vagaban por la oscuridad de sus calles. 

Mientras el hombre se afanaba por encontrar techumbre, se oyeron unos silbatos por toda la aldea. 

—¡Alto ahí! —sonó una voz a su espalda, con tono enérgico. 

Sin duda alguna, el alemán es un idioma de sonoridad fuerte que, pronunciado de manera autoritaria, impresiona todavía más. El hombre prefirió no darse la vuelta y continuó andando por la calle incrementando su ritmo, lo que hizo que tropezara con facilidad. Era obvio que no estaba acostumbrado a andar por ese tipo de calzada. 

—¡Alto ahí he dicho! —repitió nuevamente la voz. 

En esta ocasión, el hombre no tuvo más remedio que girarse, intentando ver al insistente autor del aviso. Se trataba de dos hombres. Parecían militares del ejército, pero sus ropas eran tan... ¡antiguas! que parecían de otra época. No le dio tiempo a pensar nada más. Su estado de extrema confusión, junto con el desconocimiento del lugar, provocó su desmayo. 

Pasaron casi treinta horas hasta que el carruaje del responsable de la comandancia militar de Fráncfort del Óder se detuvo ante su puerta. La respiración acelerada de los caballos provocaba columnas de vaho en el frío ambiente de la mañana. Con cerca de treinta mil habitantes, Fráncfort era la ciudad más cercana con presencia de autoridades oficiales. Con desgana y de mal humor, el militar se dirigió directamente hacia el oficial de guardia. 

—¿Sabemos algo más? —¡Nada nuevo, señor! —respondió con tono enérgico el oficial, mientras se ponía de pie y realizaba el saludo militar. 

—Maldita sea, ¿cómo es posible que no seamos capaces de encontrar en un mapa una ciudad, todo un país? ¿Alguien quiere hacer el favor de explicármelo? —dijo con un tono sumamente irónico. 

Los hombres que se encontraban en la sala, y que habían estado interrogando durante numerosas horas al misterioso hombre, se miraron pero nadie se atrevió a responder. 

—¡A poder ser hoy! —volvió a insistir el comandante sarcásticamente. 

—No es exactamente un país, señor —respondió tímidamente uno de los oficiales. 

—¿Cómo? 

—Nos ha indicado que se trata de un continente, muy lejos de Europa, al que se llega a través de vastos océanos, señor. 

—¡Hijo de…, encima se ríe de nosotros! ¿No habéis conseguido sonsacarle nada más? 

—No, pero hay algo extraño en ese hombre, señor. 

—Ya lo creo, está majara perdido. 

—Me refiero a que habla de un modo extraño. Es un dialecto de alemán raro, señor. 

—¿A alguien se le ha ocurrido pensar si es un espía? ¡Bien, ya veo que no! Parece ser que voy a tener que realizar yo mismo el trabajo. Una vez se hubo quitado la chaqueta militar, el comandante se dirigió hacia la celda seguido por el oficial de guardia y dos militares. Mientras avanzaba, se iba remangando los puños de la camisa. 

—Le arrancaré la verdad a tiras —masculló.

 

* * * * * *

 

Según las referencias que se han escrito sobre el tema, parece ser que, a mediados del siglo XIX, en 1850 según unas fuentes y en 1851 según otras, fue hallado un hombre vagando por las calles de un pueblo, cerca de Frankfurt-an-der-Oder. Dicha región se encuentra en el actual Länder de Brandeburgo, situada sobre el río Oder y prácticamente en la frontera polaco-alemana, a 80 km de la capital, Berlín.

Su nombre era Joseph Vorin, y afirmaba que era ciudadano de Laxaria, en un país llamado Sakria.

Por mucho que lo intentaron, las autoridades alemanas no lograron localizar ambos emplazamientos. Según parece, hablaba un extraño dialecto para-germánico roto.

Aún hoy, ambos lugares siguen siendo totalmente desconocidos, por lo menos en el planeta Tierra actual...

Se desconoce cuál fue la suerte que corrió Vorin.

www.elviajedelarcangel.com

 

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