EL VIAJE DEL ARCÁNGEL (Thriller político)

09.08.2015 20:35
A continuación os presento un breve extracto de la novela (www.facebook.com/pages/El-viaje-del-arc%C3%A1ngel/1447756288849833?sk=videos). Deseo con gratitud y esperanza que disfrutéis de su lectura.
 
Edificio de la Asamblea General de la ONU.
16,00.-horas
 
La tensión era enorme. 
La expectación máxima. 
Sin saber exactamente cómo, ni por intermediación de quién, pero el caso es que el edificio se encontraba abarrotado de cámaras de televisión. Reporteros gráficos, enviados especiales, corresponsales de todas las partes del mundo se afanaban por ocupar cualquier hueco libre. Umbrales de puertas, escalones... Se convertían en cotizados espacios desde donde presenciar lo que, sin duda ya para nadie, se constituiría en la conferencia más seguida, y presumiblemente, de mayor transcendencia para el devenir de la humanidad.
En sintonía con el famoso e insigne edificio de la cúpula, el Centro de Conferencias era prácticamente un edificio tomado por cables, micrófonos, cámaras, técnicos de sonido, y profesionales de la locución.
Todo aquel despliegue de medios y tecnología era absolutamente desconocido incluso para los más antiguos del lugar. Funcionarios a punto de jubilarse comentaban la grandiosidad de todo aquel evento.
Ciertamente, el nivel de interés alcanzado superaba todo lo imaginable.
Y sin embargo, reinaba el silencio en aquella impresionante sala.
Algún que otro millar de personas. Pero nadie realizaba el menor ruido.
El silencio era sepulcral.
Era como si todo el mundo venerase aquel silencio en el respeto supremo del deseo común que por fin aquello tuviera éxito, que alguien realizase el discurso imaginado por todo el mundo, en el que todo ser humano sintiese en verdad la necesidad de adherirse a las recetas mágicas que alguien, sin saber cómo ni dónde, había logrado encontrar los ingredientes necesarios para poder cocinarlas.
El silencio era absoluto.
Se podían oír perfectamente los ventiladores internos de cámaras de televisión y demás aparatos de visión en un intento de refrigerar los mecanismos, como si ellos mismos también se estuviesen empapando de la taquicárdica expectación que se respiraba.
Silencio.
Todo el mundo mirando en la dirección por donde suelen aparecer las personalidades para dirigirse a todas las naciones.
Toses.
Más espera. 
Silencio.
Pasaba un minuto de las cuatro de la tarde, cuando media docena de funcionarios entraron en la sala, haciendo gestos ostensibles de guardar silencio, dando paso al firme y decidido paso con el que el Secretario General alcanzó el estrado.
Una inimaginable ola de flashes así como innumerables leds rojos indicaban la señal de estar retransmitiendo en directo el acto para todo el planeta. Pero se logró que todo el mundo guardase el necesario silencio que la ocasión merecía. Nelson agradeció el respeto con el que los presentes habían entendido la transcendencia del acto.
Sin más dilación, procedió a hablar ante el micrófono.
 
Secretario General
“Discurso de introducción a las Conclusiones de las Comisiones de Trabajo”
 
Nueva York, febrero de 2012
Sr. Presidente,
Excelencias,
Señoras y Señores,
"Mis primeras palabras han de ser de agradecimiento hacia nuestro querido presidente de la Asamblea, sin cuya complicidad y decidida adhesión, hubiera resultado realmente complicado la realización de semejante evento en tan escaso plazo de tiempo, y con la masiva, e incluso me atrevería a decir histórica, afluencia de medios. 
¡Ciudadanos de todo el mundo!
¡Habitantes de éste, nuestro común planeta!
Gracias.
Gracias por los que estáis aquí, y mi eterna gratitud para los que habéis decidido estar también hoy aquí a través de los incalculables medios que han querido sumarse a la difusión y comunicación del presente acto.
No seré yo hoy quien realice presentaciones. 
Ni quién realice extravagantes y rimbombantes introducciones. 
No seré tampoco yo quien advierta de las grandilocuentes consecuencias sobre las conclusiones que hoy escucharán. 
Sino que habrán de ser ustedes, profesionales de los medios de comunicación que en el ejercicio de su labor habrán de saber interpretar lo que hoy escucharán y realizar de una manera honesta y desinteresada una opinión objetiva, y espero que no exenta, del imprescindible sentimiento que tras de todo, aguarda, deseoso de ser promulgado a cielo abierto.
Y por encima de todo, habrá de ser nuestra querida humanidad quien, en un acto de individual y colectivo análisis sobre lo aquí expuesto, habrá de decidir sobre qué dirección deberá tomar el desarrollo, la evolución, de nuestra especie.
Muchas gracias".
 
De nuevo, silencio.
A indicación del propio Secretario General, el equipo de funcionarios desplegados delante del atril realizó varios gestos en un intento de rechazar cualquier intento de aplauso entre los anonadados asistentes.
Unos en mayor medida que otros, pero todos observaban cualquier nimio gesto en su rostro en busca de algún indicio que revelase la confianza que el Secretario tenía en llevar todo a buen puerto.
Sin duda ninguna, el semblante serio, circunspecto, con el que Nelson Da Silva abandonaba el puesto de oratoria hizo recapacitar a más de uno.
Los incrédulos, los dependientes del circo de la especulación, o aquellos que sufren de un elevado infraego, descartaron de inmediato cualquier atisbo por parte del Secretario General de querer llamar la atención, en busca de un plus para obtener fondos adicionales en las negociaciones que sin duda mantenía con los miembros de la Organización.
Eran palabras mayores.
No se trataba de un órdago.
Aquel despliegue iba en serio.
Sin apenas dar un respiro para la reflexión, el Secretario General le ofrecía un intenso apretón de manos en señal de bienvenida al que, dejando a todo el mundo boquiabierto, le reemplazaría en el espacio de los oradores.
Lejos de parecer una obra de teatro, la puesta en escena con la que el filósofo heleno apareció ante todos pareció cautivar a todo individuo presente. El sonido tecnológico procedente de una infinidad de flashes, grabadoras y cámaras retransmitiendo a todo el planeta se mezclaban con un rumor que cada vez se hacía más intenso.
Himatión (1) y Quitón (2). Ambas prendas de vestir constituían lo más destacado de la indumentaria en la antigua Grecia.
Cual modelo en la más famosa de las pasarelas, nadie perdió detalle del acceso de Damocles al estrado, privilegiado lugar, que en su primigenio origen estaba destinado únicamente para aquellos que tenían algo interesante que decir en beneficio de todos. Con el consiguiente transcurso del tiempo ha degenerado en lo que desgraciadamente se ha convertido hoy en día.
Los asistentes no daban crédito a lo que estaban presenciando. La inmensa mayoría de ellos desconocían el nombre de los ropajes. Los presentadores y corresponsales se afanaban por intentar diferenciar dichas prendas de sus homólogas romanas, más conocidas y célebres.
En cualquier caso, la expectación seguía, obviamente, en niveles extraordinarios.
Una amplia sonrisa cruzaba el rostro de Eizan, quien no perdía detalle a través de la conexión vía satélite de su vuelo -¡Gánatelos, amigo mío! -exclamó en un orgulloso sentimiento de amistad.
Una vez que se hubo acomodado en el estrado, sorprendió a todo el mundo el hecho de que no se sirviese de ningún tipo de asistente en pantalla.
Lejos de ello, y al igual que previamente el Secretario General, ni siquiera llevó su discurso escrito.
Obviamente, honraría la memoria de sus ancestros en tantos aspectos como le fuese posible y permitido.
Una vez estuvo ante todo aquel despliegue humano y técnico, lejos de caer en la inoportuna tentación de sentirse intimidado, se mostró calmado, orgulloso de tener la oportunidad de poder contribuir a intentar, por fin, cambiar la apocalíptica tendencia que, a su entender y al de otros muchos, acabaría sin remedio con la humanidad.
Lentamente, fue observando las diferentes áreas en que se estructuraba aquella inmensa sala, advirtiendo los distintos niveles en los que se ubicaba el innumerable público allí congregado.
Sin todavía mencionar nada, su mirada iba pasando de los diplomáticos a los medios informativos, de los periodistas a los improvisados sets de televisión, de los funcionarios de la ONU a los diplomáticos de nuevo, y vuelta a empezar. Así estuvo unos instantes, dando el necesario tiempo para que el lógico rumor humano y tecnológico que en un principio cobró protagonismo se fuese aplacando lenta pero inexorablemente.
De manera intencionada, aun cuando ya el silencio reinaba de nuevo en todo el edificio de la cúpula, aguardó un intenso minuto, a modo de prolegómeno reflexivo.
Sin duda ninguna, tanto los consejos psicológicos de Hao como la experiencia aportada de última hora por Nelson tuvieron indudablemente su recompensa.
 
Damocles Christopoulos, Portavoz y Miembro de las Comisiones de Trabajo
“Discurso de Conclusiones”
 
Nueva York, febrero de 2012
Queridos semejantes, 
Hermanas y hermanos,
Unos y otros,
Todos,
"En verdad, es muy gratificante, y no menos elocuente, ver cómo el caldo de cultivo creado alrededor de una mera posibilidad, de una simple esperanza, ha superado con creces la más favorable de las expectativas. 
En las pocas horas que llevo entre ustedes he llegado a leer cómo trataban de establecer una comparativa entre la expectación hoy lograda con la conseguida en los orígenes de esta legítima y necesaria Institución, en aquellos primeros discursos proclamados por abnegados líderes dirigiendo sus palabras henchidas de esperanza hacia un mundo que estaba completamente roto, que apenas acaba de ver restablecida la paz mundial.
Al igual que en aquella ocasión, hoy todo el mundo también está anhelante de esperanza. 
Sin embargo, y a diferencia de entonces, la humanidad no sale de un periodo convulso de guerra y odio, sino que en su inmensa mayoría se encuentra en un prolongado periodo de paz.
¿Paz?...
Paz que se encuentra sumida en un mundo de indiferencia y egoísmo.
Un mundo movido por los hilos de la insolidaridad, avergonzado por la desnutrición y la hambruna de millones de seres humanos.
Un amplio y extenso mundo donde, paradójicamente, nos encerramos en nuestras, cada vez más intensas e intransigentes, impermeables creencias religiosas.
Un mundo sumido en unos parámetros estándares de comportamiento dictados por unos pocos, coartando conscientemente cualquier chispa de genialidad evolutiva en el desarrollo de la humanidad.
Un mundo en el que apenas se tiene conciencia de la existencia de enfrentamientos bélicos, pero que de manera constante e inexorable, se va desgarrando, año tras año, con conflictos que de manera provocada o irracionalmente surgen por doquier en cualquier área y parte del mundo, y aún así, excelencias, seguimos sin acometer el manido debate de un desarme real, efectivo y global, sino que seguimos, cuales primitivos de nuestra propia especie, rigiéndonos por reglas de conducta que se fundamentan en principios basados en la amenaza del uso de la fuerza. 
Igualmente sigue el mundo obcecado en mirar hacia otro lado, en dar valor a lo material, al uso y goce de lo banal y superfluo en contrario de anteponer y enseñar, cual doctrina enriquecedora, valores que realcen el bienestar espiritual del ser humano, en busca de lo que realmente merece la pena en este corto viaje terrenal, la felicidad. 
Pero uno no puede encontrar tal grado de placidez sino es en compañía de todos sus semejantes. No podremos alcanzar nunca el siguiente estadio sino lo hacemos todos a la vez, en una desinteresada y global comunión.  
Queridos amigos, semejantes todos, en sus casi sesenta y siete años de historia de esta Organización, muchos han sido los hombres y mujeres que han impartido discursos. 
Unos, interesantes.
Otros, reivindicativos.
Los hay como meras llamadas de atención sobre intereses más o menos creados.
También existen aquellos que se constituyen en auténticas, y desgraciadamente desoídas, llamadas de auxilio.
Los más, burocráticos y entorpecedores del verdadero objetivo inicial por el que se creó esta Institución. 
Y los menos, magistrales.
Créanme en el interés mutuo si les suplico que reconozcan en éste, un discurso decisivo.
Decisivo por cuanto han de ser ustedes, todos ustedes, quienes deben decidir el destino que quieren que tome la humanidad.
Los expertos de las Comisiones de Trabajo, en cuyo nombre me dirijo hoy a ustedes, no hemos hecho sino hilvanar una serie de conclusiones que habrán de someterse a debate y aprobación, pero que han de tener, ya, el imparable proceso de desarrollo.
Inexorable.
Y es aquí donde nace, en todos ustedes, la responsabilidad de evitar que dichas directrices caigan en saco roto, como tantas y tantas veces, donde al amparo de la inactividad y el aburguesamiento en el mejor de los casos, o a la influencia de agrupaciones empresariales de presión o clubes elitistas de reflexión en favor de inconfesables intereses creados en el peor, nunca se ha tenido el coraje suficiente para actuar.
En esta ocasión, excelencias, no recurro a sus conciencias. No.
Acudo a la opinión pública. Sí. 
A todos los que nos están observando en estos precisos momentos. 
Mientras les hablo, se está haciendo entrega, tanto a todos y cada uno de los medios aquí congregados como a cualquiera que lo solicite, del mismo dossier que a la vez está siendo repartido entre todas las legaciones diplomáticas.
Para de esta forma, excelencias, se vean obligadas, sin más dilación, a intervenir, al menos, sobre los temas que a nuestro juicio es imprescindible.
No por mí.
No por nosotros.
No.
Sino por ellos, señorías.
Por ellos.
¿Acaso no alcanzamos todavía a comprender lo que ocurre? ¿es necesario que nos tengan que abrir los ojos?
Pues bien, todas esas personas que están ahí fuera, las que por mediación de su oficio y empleo colaboran en esta difusión, y todos aquellos millones que nos están siguiendo por los diferentes medios, nos lo están demandando.
¡Nos lo están suplicando!
¿No son ustedes acaso sus representantes?
¡Pues entonces, escúchenles!
Hemos tratado de aglutinar lo que a nuestro modo de ver se constituyen en las seis principales líneas de actuación para lograr la adecuada dirección hacia el siguiente estadio en la evolución de la humanidad.
Tengo mis serias dudas sobre si están desencaminados los mal denominados grupos anti-globalización en sugerirnos un retorno a una etapa anterior, donde el mundo se encontraba distribuido en pequeños y románticos mercados autóctonos.
En mi opinión, es un sentimiento generalizado que el mundo adolece del mal de lo grande, y por lo tanto, con unidades más pequeñas todo sería más manejable.
Sin embargo, tanto aquellos como yo, hemos de ser conscientes que el mundo ha cambiado, se ha globalizado. Ya nadie duda que lo que sucede en una extremo del planeta afecta al otro.
Desconozco la efectividad, como alguien ha apuntado, si una solución ingeniosa pudiera ser asignar, distribuir, al mundo por actividades o funciones.
Sin embargo, no tengo la menor duda que la solución habrá de ser global, imperando el único de los principios que no requiere de imposición: el sentido común.
Todos juntos, queridos hermanos.
Porque no debemos olvidar que todos estamos de paso. Y lo verdaderamente trascendental en este tránsito terrenal es intentar alcanzar el merecido estado de felicidad al que todo ser humano tiene derecho a lograr.
Y eso, amigos míos, sólo lo lograremos mediante un sincero, profundo, y voluntario, cambio de actitud.
Pongámonos a ello. Muchas gracias".
 
Apoteósico.
Nadie supo decir cuánto tiempo, pero fueron varios los medios que se hicieron eco de la extraordinariamente extensa, casi eterna, ovación que aquel filósofo griego, profesor en la universidad de Atenas, hubo recibido por parte de todos los asistentes.
Mientras aplaudían a rabiar, un pensativo y serio Damocles repitió el mismo proceso con el que empezó su oratoria. Esta vez sin embargo, hubo de esperar casi veinticinco minutos hasta que el júbilo de todos se fue calmando poco a poco. 
Impertérrito. Damocles observaba cómo de manera paulatina, los rostros sonrientes y extasiados de los asistentes se iban transformando en reflexivos.
Todos continuaban observándole.
Sin embargo, daba la impresión de que la inmensa mayoría de sus consciencias ya no se encontraban en la sala, sino que trataban, cada uno a su manera, de encontrar el modo en que podían colaborar, en qué medida podían ayudar a emprender el cambio con el que aquel desconocido de apariencia y actitudes filosóficas les había convencido por completo.
De nuevo, volvió a reinar el silencio.
Profundo, penetrante.
Para sorpresa de todos, Damocles continuaba allí, en el estrado, observándoles fijamente.
Con una solemnidad contagiosa, fue observando nuevamente todos y cada uno de los diferentes niveles en los que se agrupaba el público asistente.
Inexplicablemente, nadie se movió de su sitio.
Absolutamente nadie.
Incluso el cuerpo de altos funcionarios de la ONU, con el Secretario General a la cabeza, quien no había perdido detalle de la exposición, estaban profundamente sorprendidos por la inteligente actitud con la que en estos momentos Damocles estaba logrando manejar a todo el mundo sin decir una sola palabra.
Paulatinamente, todos y cada uno de los presentes procedió de nuevo a acomodarse en los mismos lugares.
De nuevo, los expertos consejos psicológicos de Hao volvieron a tener su efecto.
El silencio era... sencillamente espectacular.
Por megafonía, y por expreso deseo de Damocles comenzó entonces a sonar la pieza que había elegido para la ocasión. Coro a boca cerrada de Madame Butterfly, G. Puccini.
Primero a un volumen apenas audible.
Para posteriormente, de manera casi imperceptible, pero sin pausa, ir incrementándolo.
Nadie decía nada. 
Algunas televisiones, ya habían cortado la señal con sus respectivos países, cuando de nuevo volvieron a conectar para intentar captar, retransmitir, el extraordinario y profundo estado de conmoción que se estaba viviendo de nuevo.
Las voces ahogadas del coro se hacían cada vez más intensas, embriagando, aún más, el sentimiento reflexivo en el que todos parecían inmersos.
Desde su posición, pudo Damocles observar alguna que otra lágrima.
En las plazas de diferentes capitales del mundo, donde acababan de sonar gritos y aplausos, reinaban ahora el baile de manos entrelazadas, moviéndose lentamente de un lado hacia otro, cargadas de emoción, cargadas de esperanza.
Inaudito.
Las notas de cuerdas y arpa se mezclaban en una adorable fusión con el coro...
Sublime.
Apenas fueron cuatro minutos de intensa musicalidad. 
Pero muchas décadas de inactividad que ahora parecía que tocarían a su fin.
Desde su vuelo, Eizan se sentía orgulloso de haber podido contar con un grupo de trabajo como aquél, congratulándose por contar con la amistad de un individuo como el que acaba de dejar perplejo al mundo entero. Contemplaba las emotivas concentraciones que se desarrollaban por todo el planeta y que eran mostradas por las televisiones de todo el mundo mediante conexiones en directo. Sin embargo, desgraciadamente, sabía que aquello no tendría eco y continuidad en las retorcidas, temerosas y obtusas mentes de las autoridades responsables de llevarlo a cabo. No pudo reprimir un extraordinario sentimiento de indignación, de hastío. Sentía pena por el desconocimiento de todas esas gentes, en todas partes, que sin saberlo, iban a ver frustradas todas sus esperanzas.
Mientras Damocles abandonaba el estrado y se dirigía hacia la salida, ningún aplauso volvió a sonar.
Sólo cuando hubo abandonado la sala, se produjo una auténtica explosión en forma de algarabía, los presentadores y corresponsales parecían que se hubiesen puesto de acuerdo en hablar a la vez, los periodistas de la prensa escrita no daban abasto en querer transmitir el titular más adecuado, los diplomáticos no cejaban en dar explicaciones y recibir órdenes en sus móviles de sus correspondientes gobiernos... 
Carreras.
Todo el mundo se esforzaba por informar de manera apresurada y atropellada, como si la calma y meditación vividas hace apenas unos instantes hubiesen caído en el olvido.
En todos los países, las autoridades así como miembros y fuerzas de seguridad del estado se esforzaban por intentar aparentar una adhesión a tan nobles intenciones, pretendiendo con ello una rápida desintegración de las numerosas y cuantiosas agrupaciones populares en torno a embajadas, juntas de gobierno, etc.
Se buscaba por todos los medios volver cuanto antes a una disimulada vuelta a la normalidad, para lo cual, era imprescindible evitar por todos los medios ningún tipo de altercado o incidente que decantara el movimiento en una oleada de imprevistas protestas.
Eso es.
Al menos durante los inmediatos instantes posteriores, no quedaba otra que sumarse a la embriagadora fiesta de la esperanza.
Sin duda ninguna, representantes de los gobiernos de todo el mundo alababan en público lo que había acontecido, ensalzando los valores del ser humano. Sin embargo, al amparo de la intimidad de sus estrechos colaboradores, el que más o el que menos, todos anhelaban el final de lo que para ellos se había convertido en una peligrosa y descontrolada pesadilla.
Sin apenas detenerse a analizar lo que acababa de ocurrir, sin preocuparse tan siquiera de realizar un acto de reflexión interno, cada uno de los jefes de gobierno de las principales potencias que quedaban por ponerse en contacto con sus correspondientes legados, pidieron explicaciones a la falta de previsión de sus diplomáticos destinados en la ONU, procediendo casi de inmediato a transmitirles las oportunas órdenes, en aras a conservar el discutible orden mundial establecido.
Casi todas las órdenes hacían referencia a la inaceptable forma de proceder del Secretario General, dudando sobre su legítima responsabilidad para poder convocar una Conferencia de semejantes connotaciones sin haber sido previamente aprobada al menos por el Consejo de Seguridad.
Entre las diferentes delegaciones diplomáticas implicadas, se llegó a un acuerdo casi inmediato sobre la necesidad de fiscalizar en adelante los resultados de cualquier Comisión de trabajo emprendida, sea cual fuere su objetivo, como medida previa a la comunicación, escrita o verbal, de los resultados alcanzados por tales grupos de asesoramiento.
Por unanimidad, todos estuvieron de acuerdo en que no se podría volver a dar una situación parecida en el futuro.
Quedó patente que el riesgo alcanzado había sido inaceptable.
Igualmente, a propuesta de una legación, se comprometieron a estudiar la forma en la que se podría limitar la autonomía en las funciones otorgadas a la figura del próximo Secretario General.
     
                                    * * * * * * *
1.- Una de las típicas piezas de vestir a modo de manto rectangular que se echaba sobre el hombro izquierdo y que el resto era recogido por el otro brazo.
 
2.- Otra prenda típica griega que se colocaba debajo de la anterior, constituyéndose en una túnica que se ataba a la cintura y que por lo general, carecía de mangas, llegando hasta las rodillas.
 
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