EL HOMBRE DE WEST VOTLEY

03.08.2015 21:45
Inglaterra. 1975
Paso elevado de West Botley, cerca de Oxford.
Las luces de la ambulancia se unían a las de los coches policiales. Varios agentes de policía trataban de acordonar la zona, evitando con ello la posible pérdida de pistas que pudiese ocasionar un grave e imperdonable contratiempo en la más que probable investigación que se derivaría a continuación.
A unos metros de distancia del lugar de los hechos, un oficial de policía trataba de poner orden. Mientras se acercaban, el hombre le indicaba a la que parecía su compañera de investigación que diese instrucciones para que nadie rebasase la cinta de delimitación, ni siquiera los propios policías; en su celo profesional no quería el más mínimo descuido.
—Buenos días, oficial, ¿es usted quien está al mando?
—Así es, inspector —respondió el policía, mientras observaba la placa que colgaba de la chaqueta del recién llegado—. Imagino que usted es la persona encargada de librarme de todo este tinglado.
Una irónica sonrisa del inspector le dio a entender que aquello no acababa sino de empezar. Ambos hombres comenzaron a analizar la zona mientras la compañera del policía al mando ordenaba a todo el resto de miembros que se retirasen tras la cinta.
—¿Qué es lo que tenemos hasta ahora? —preguntó el inspector, acostumbrado a encontrarse ante ese tipo de situaciones.
—Hombre blanco, de mediana edad. Ha caído a plomo —enumeraba el oficial, mientras que ambos miraban hacia arriba en un intento por calcular la altura que poseía el puente—; parece que la muerte ha sido inmediata. Los de la ambulancia dicen que se ha hecho papilla, que no sufrió. Hemos encontrado esto en los bolsillos de su chaqueta —puntualizó, mientras que con unas pinzas mostraba lo que parecían las tabletas de un medicamento.
—¿Tienen ya los resultados?
—Antidepresivos. Parece ser que nuestro amigo se hartó de seguir luchando en este mundo.
El inspector procedió a retirar la manta que cubría el cadáver, tratando de ver el estado en el que había quedado el cuerpo. Apenas la hubo retirado tuvo que llevarse la mano a la boca: aquel hombre estaba completamente aplastado contra el suelo.
—Como un huevo.
—¿Cómo dice...? —preguntó contrariado el inspector.
—Estrellado como un huevo. Es curioso ver qué diferente es la complexión humana, cómo los choques afectan de manera tan distinta a unos cuerpos y a otros. Desde luego, éste ha quedado hecho puré —respondió indiferente el oficial.
—Sin embargo, parece que su complexión era fuerte; no tenía que haber quedado tan destrozado —reflexionaba el inspector—. Oficial, dé instrucciones a sus hombres para que averigüen cuántas clínicas hay en los alrededores. Que indaguen igualmente cuántos sanatorios mentales hay en toda la región.
—Sí, señor.
Mientras el oficial procedía a dar las oportunas órdenes a sus subordinados, el inspector rodeó aquel cruce, subiendo por la pequeña colina que conformaba aquel puente. Una vez estuvo sobre él, miró hacia abajo.
Calculó que no debía de haber más de once o doce metros.
—¡Imposible! —dijo en alto, mientras miraba a su alrededor sin parar. No le cuadraba el estado en el que había quedado aquel cuerpo con la altura que tenía aquella elevación. A un gesto suyo, el oficial de policía subió para reunirse con él.
—Que todos sus hombres pregunten a los vecinos si han visto algo.
—¿Algo?
—Sí, oficial, algo. Que vayan casa por casa, pajar por pajar, puerta por puerta.
—¿Sospecha de algo...?
—Esta caída no ha podido ocasionar ese deterioro —indicó la compañera del inspector mientras señalaba hacia el cuerpo del fallecido—. Ese hombre no se ha suicidado.
El gesto afirmativo del inspector corroboraba la opinión de su colega, mientras el oficial se retiraba la gorra del uniforme para limpiarse el sudor que caía por su frente, en una especie de señal que sin duda delataba la complejidad de aquel caso.
—¡Joder! —gritó el policía—. No llevaba identificación alguna, únicamente hemos encontrado varias prendas que llevaban la letra M bordada —comentó el oficial, mientras seguía maldiciendo porque el hecho se hubiera producido en su área de jurisdicción.
—¿Varias? —preguntó la inspectora con gran extrañeza.
—Sí, cinco.
Ambos inspectores se miraron con estupor. Aquello no respondía al comportamiento típico de un suicidio. El deterioro del cuerpo por el impacto, la pulcritud de su ropa, la misma letra bordada en diferentes prendas...
Ciertamente, el caso revestía detalles curiosos y extraños; era como si no concordasen. Llegaron a la conclusión de que aquel individuo había sido asesinado en otro lugar, luego había sido llevado hasta allí y habían arrojado su cuerpo por el puente.
—Necesito cuanto antes los resultados de la autopsia —le indicó el inspector a su compañera mientras ambos observaban cómo el juez, que acababa de llegar, ordenaba el levantamiento del cadáver.
—Oficial, sería de gran ayuda conocer lo antes posible la identidad de ese hombre.
—¿Y por qué pensar en un ajuste de cuentas y no en el noble arte del suicidio? —preguntó el todavía incrédulo oficial de policía.
—¿Para qué habría de llevar en el bolsillo tantos antidepresivos si su idea era arrojarse al vacío? —respondió lógicamente el inspector.
—Por locura... yo qué sé... ¿Descuido, tal vez?
—¿De quién cuida hasta el mínimo detalle llevando inmaculado su traje con prendas bordadas con la misma inicial? No lo creo, oficial. El fármaco lo han dejado adrede; es un señuelo. Céntrense en lo que les he pedido.
Ambos, el policía y la inspectora, se encaminaban ladera abajo hacia sus respectivos vehículos, convencidos efectivamente de que aquello era algo más que un suicidio.
Mucho más.
En lo alto del puente, el inspector no dejaba de reflexionar. Analizaba tratando de encontrar una lógica para todos aquellos detalles que hacían
incongruente la escena. Había visto ya demasiados casos de asesinato o suicidio y aquel no cuadraba ni en uno ni en otro.
Incapaz de determinar el qué, su intuición le indicaba que allí había algo más.
Trataba en vano de encontrar un modus operandi adecuado.
De repente, mientras miraba a su alrededor, la cara se le desfiguró.
Miró hacia arriba.
Y, sin previo aviso, todo se reveló claro.
Era sólo una corazonada; pero tenía la extraña sensación de acabar de descubrir lo que allí había ocurrido hacía apenas un par de horas.
Atemorizado y con los pelos de punta, el inspector continuó mirando hacia el cielo...
*****
Efectivamente, diferentes webs y blogs hacen referencia en la red a un extraño suceso que parece ser que ocurrió en la década de los setenta del siglo pasado, envolviendo de confusión y misterio el acontecimiento. 
Corría el año 1975 cuando fue encontrado muerto un hombre que vestía un traje a rayas muy bien planchado. Todo indicaba que el individuo había caído del paso elevado de West Botley, cerca de Oxford, en el Reino Unido. 
Entre su impecable vestimenta se encontró cierta cantidad de comprimidos de un fármaco de reciente creación en la época denominado Vivalán. Se trataba de uno de los primeros antidepresivos de segunda generación. Por lo tanto, todo invitaba a pensar en un suicidio como la explicación más lógica y coherente. 
Sin embargo, el suceso guarda varias curiosidades. 
A las prendas se les había quitado todas las etiquetas. Igualmente, el cadáver no llevaba nada que permitiera identificarle. Así mismo, llevaba cinco pañuelos, todos ellos marcados con la letra “M”. 
Daba la sensación que el hombre había surgido de repente en el aire, cayendo con violencia en aquel lugar. La identidad del individuo sigue siendo desconocida. 
No obstante, valoremos otras alternativas. 
Imaginemos por un instante... 
...que realmente se produjo una materialización... 
Y como consecuencia de un error de cálculo... 
Es de suponer que a aquel pobre desgraciado no le diera tiempo ni siquiera a ser consciente del hecho...
 
 
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